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viernes, 21 de enero de 2011

Plegaria a la Virgen de la Esperanza Macarena

Por los niños del Hospital Infantil de la Cruz Roja de Caldas

El capellán de la plaza elevó hoy en el centro de la Monumental de Manizales una oración a la Virgen de la Esperanza Macarena, patrona de los toreros, antes del inicio del Festival nocturno a beneficio de los niños del Hospital Infantil Universitario de la Cruz Roja:
de La Macarena

"Los niños del Hospital de la Cruz Roja...te soplan al oído muchas gracias, con lágrimas y con besos. Y por la luz de tus ojos maternales de enfermera, te ruegan que no te alejes en sus noches de dolor y de desvelos.
Gracias porque con cada gota de sangre nazarena de Belén, sienten en su pequeño corazón herido un latido más de vida y de ilusión y pueden oír mejor las voces de su triste mamá como música de salmos de fe, de amor, y de silencios, sintiendo en sus labios al dormirse sus besos profundos de paz y con sabor de azúcar.
Ahora de rodillas desde allá te piden Virgen María un regalo de inocencia muy sentimental que de pronto te hará llorar: que no les falte en sus fiebres y delirios, en esta Manizales del alma, el agua pura y bendecida de las nieves y que su amiguito el niño Jesús, cuando los quiera ya más cerca para jugar, les invite al cielo, ya sin dolores y sin llanto y que el ángel de la guarda, cuando estén cansados, les acueste y les cobije en una cunita tibia y blanda con las plumas de sus alas de seda y algodón.
Amén, Aleluya, amén".




LA MACARENA EN SU CLAUSURA

Como la guardamos en el corazón. Como la imaginamos cuando la invocamos desde lo profundo, para que ilumine con su nombre madrugadas de desdicha. Como la recordamos en la distancia. Como suena su nombre cuando lo pronunciamos los más suyos nombrando a quienes más quieren -la abuela Esperanza que inició una dinastía macarena, la tia Esperanza de Sagunto, la matriarca Esperanza que cada madrugada hacía la señal de la cruz sobre la frente de sus hijos nazarenos antes de que salieran hacía la basílica con las capas regiamente arrecogidas-. Como si nos hablara por el torno conventual que preserva su intimidad o se nos mostrara a travñes de la reha que separa al común de los mortales de esa clausura a la que sólo pueden acceder las Hermanas la Cruz, sus priostes y Pepe Garduño. Como la veíamos cuando nuestras madres nos hablaban de ella, y nos llevaban a ponerle velas en el candelero que estaba a sus pies, entre el altar mayor y el de la virgen del Rosario, y nos sostenían en brazos cuando pasaba en vuelo de música de Gámez Laserna ante la puerta norte del viejo mercado de la Encarnación. Como se nos aparece cuando decimos despacio las cuatro sílabas de luz que forman su nombre. Como debío verla Victoria Sanchéz la noche en que la Virgentuvo por altar, trono y paso su cama en la calle Escoberos, modesto Egipto en el que halló refugio de otros Herodes. Como debieron rezarle Antonio Román Vila y los suyos en el oratorio secreto de la calle Orfila. Como imagiinamos que la deben de ver aquellos por lo que se da la última levantá en la Basílica. Como imagino que la están viendo Antonio Saéz, que tan vien sabía que la eternidad cabe del Arco al atrio, y ese primitivo hermano que se jubiló de nazareno prometiéndose cumplir al año siguiente el sueño largamente acariciado de verla en los Altos Colegios, plena de fuerza, recién nacida a la Madrugada, sin saber que habría de cerla en presencia teal mucho antes.
Así la veremos esta mañana, sólo esta mñana, cuando se abran las puertas de la Basílica y se aparezca llenando su paso de ella, sola entre los varales, sola bajo el palio, sola sobre la peana, torre fortísima, arca de la Nueva Alianza en cuyo seno la Ley se hizo cuerpo, vara florida de Aarón, vaso de maná del cielo, sagrario que guardó por vez primera el cuerpo divino, mirando de frente la cuidad que le aguarda, temblando de impacioencia, desnuda de ofrendas, luz de si misma, sólo cubierta por el manto tejido con la red de Pedro y por la corona refundante que repute como un eco la realeza que su gesto y su cara proclaman.

"LA CIUDAD Y LOS DIAS"
ARTÍCULO DE OPINIÓN DE ABC (SEVILLA)
23 de Marzo de 2010

LA ESPERANZA EN SU HOSPITAL

Sostiene el cura Javierre que para ser cristiano hay que estar loco. Y tiene razón. Ahora más que nunca. Ahora, cuando nos sigue hablando desde la otra orilla a través de lo escrito. Si para ser cristiano hay que tener un punto de locura, para ser macareno hay que estar rematado. Macandé total. Completamente pirado. Que se lo digan a esos armaos que vuelven al Panteón de Roma cada tardes de Jueves Santo para rendir corazas y corazones ante el Nazareno al que condenó Pilato, el primer capitán de la Centuria. Que se lo recuerden a los cirios morados del Sentencia y a los cirios verdes que viven la Madrugada en el paraíso de la bulla. Locos de atar, como el Hijo al que le amarraron las manos para que no repitiera esa talla que no es madera, sino la Esperanza Nuestra.
Hay que estar muy mal de la cabeza, o «prebilicá der sentío», para irse a un estadio que ni es olímpico ni es ná. Y a las tres de la mañana. Con lo bien que se está en el sobre a esas horas. Pero los macarenos somos así. ¿Pasa algo? Macarenos de nación, de adopción, de devoción, de emoción, de salvación… Macarenos de atrio y de barriada, de medalla y de estampa que amarillea en la cartera, macarenos que han heredado esa locura de alguien que los llevó de la mano para enfrentarse con el único misterio que merece la pena, la alegría y la esperanza.
Macarenos de bata verde y bisturí, de fonendo y camilla, de jeringuilla que sirve para poner eso que aquí se conoce como «indiciones» porque son el indicio que nos marca la mejoría que nos espera. Macarenos que luchan contra la muerte propia y a la ajena en ese hospital que hoy visitará La que le da su nombre. La que siempre está donde más falta hace. Si Dios está en todas partes, la Macarena está en «tó». Macarenos como ese abuelo que llevará a una niña recién nacida para presentársela y para recordarle que es la hermana de esa otra niña que nació hace justo un año y que vivió un suspiro de nada, apenas el tiempo necesario para cruzar el Arco. Sí, la vida hecha locura y hecha esperanza. ¿Pasa algo? Pasa la Macarena, ¿le parece poco?
Que nadie le busque los tres pies al gato ni los cinco zancos al paso. Esto es una locura en el más puro sentido del término. Estamos majaras y no tenemos remedio. Ni pretendemos encontrarlo. Pasamos olímpicamente —de ahí el recorrido hasta el estadio— de Heidegger. Sabemos que no nos hicieron para la muerte aunque llevemos dentro esa Canina que Antonio Burgos anotó en el recado de escribir que lleva en el bolsillo de la chaqueta prendido con un clip de plata a una foto de la Esperanza: así escribe cualquiera, maestro. No estamos hechos para la muerte. No nos parieron para eso. Lo dijo Antonio Machado: «Porque en amor, locura es lo sensato». Por eso estamos locos perdidos los que somos hijos de la Esperanza.